Las mujeres huelen, a los que sus hijos quieren


Algo de tu olor sobrevive en mi cuerpo. Como el del humo y la carne de una fogata extinta, que flota sobre un espacio vaciado de gente y ceniza ya hace mucho. Tu olor no es el de brasas ardientes ni el de la carne sonrosada en el centro. Tampoco el de rostros embarullados en el frenesí que ha sido siempre el ritual de la sangre. En este recuerdo, no hay perros lastimeros ni mendicantes, nadie come las sobras de los dos que han caído de la cama.

Sentada al borde de las sábanas azules, dejas que tu blusa medite vuelta al revés y asida a tus muñecas. El fuego ha cesado su crepitar, la culpa crece desde los pies descalzos y alcanza el pelo enmarañado, pero sigues ahí mirando el sol que cae por la ventana que no tengo. “Es tarde” me dices, pero sigues mirando la noche plena a través del muro sin ventana.

“Es tarde” te digo “me voy a bañar huelo a pederasta”.


Hace tanto no pensaba en ti


Hoy entendí que sigues estando. Sólo que ahora entiendo menos por qué o para qué. El hombre parado bajo la ventana de tu niñez, sigue por las calles sin la protección de tus miedos. Espera al otro lado de la pared con los labios pegados a una toma de corriente, ansioso de que esta noche sí haya paranoia y tu oído se cerciore del silencio, los ataques o del silencio otra vez.

Extraño que nadie supiera tu nombre, que pensaras en tu papá y te abrazaras a mí, llorarte entre tus piernas mientras creía que te poseía como a reino nuevo que merece una bandera expectante, saber que te ibas y volvías, y te volvías a ir para un día decir que querías regresar, ahora sí del todo y para siempre. Pero no pude.

No fue por la soledad de los dos que ahora era imposible, ni porque de las tristezas sólo duela en verdad la primera, ni porque te odiara menos a pesar del amor, ni porque la soledad se me haya poblado de pensamientos que ya no eran tú, siempre tú, amor mío. De todo, el no hedía ahora a certeza: mis sueños siempre los vive otro. Ya no era suficiente aferrarme a mis sudores, esperar bajo la ventana tu bendición con ángeles y Marías, ya no eras suficiente para el camino a casa, ya no quería verme realizado en un desconocido al que no se acopla mi espalda.

Pero te extraño, como la libélula que se golpea contra la ventana.


Precediendo en el tormento o un poco de los Hechos


He estado alejado no sólo de los blogs sino de la escritura en general. Aun cuando todo se torne en una continua excusa que refuerza la falta de ímpetu, tino o fluidez, debo decir que cada vez escribir en este espacio o en cualquier parte, toma un carácter más insípido, e inútil. Por momentos me sirve Nietzsche y me aboco a la escritura frenética de dos o tres relatos que no terminan de dejar convencidos a ninguno de mis pocos lectores. Siempre escucho que el tiempo que no escribes es para leer obsesivamente. Creo que eso se aplica en Escritores de verdad, para los amateurs todo momento de sequía, siempre es motivo de una angustia proporcional a la falta de palabras.

Los interludios donde las palabras faltan son precedidos por decepciones o frustraciones. Se escucha seguido que los bajones anímicos son más productivos para la imaginación, que lo que hagas tendrá más vísceras, más corazón. Lo cierto es, al menos para mí, que momentos de la adolescencia son propicios para el dolo de todo (piensen en Andrés Caicedo), para ser trascendentales en medio del auto engaño necesario para oponerse al bienestar familiar.

Pero cuando el inútil ejercicio del escritor (con minúscula) tiene un rasgo de mayor importancia, cuando se le ve como el medio ideal de subsistencia, las tristezas que ofrece el mundo, no siempre son cepas de genialidad sino lastres que ralentizan o pozos que estancan. Hay necesidad de estabilidad. Se requiere el tiempo para sentarse y teclear un rato, así nada sirva. También una actividad que ofrezca resultados, ya sean tangibles o monetarios, para espantar del lado la sensación de inutilidad. Una mujer (hombre, perro, oveja, dependiendo género y preferencias) que embeba de entusiasmo las levantadas y sea dispersión.

Será el mismo caso de cuando Kafka ansiaba ser carpintero antes que escritor. Necesitaba lo tangible sobre eso que le representaba tanto, pero devolvía tan poco. La técnica sobre la tecné. La mesa está como muestra de la uña y su golpe, cumple una función práctica; la hoja no es muestra de la imaginación y su esfuerzo; del mismo modo que soporta mis palabras, soporta una lista de mercado, un rayón infantil.

Quería escribir sobre un libro que estoy leyendo, recomendárselos para que lo hojearan sin grandes expectativas, no porque le falte carne sino porque es la vida de otro gran escritor. La lectura de biografías, me recuerda mucho a Sabato cuando dice aquello de aprender de los grandes que te precedieron en el tormento… ahora, cuando volvía a casa de mis clases matutinas (era profesor) y me quitaba el traje nuevo para ponerme la ropa vieja de escribir, la primera vaharada de sopa de tomate Campbell que ponía a calentar en la cocina de mi pequeño piso de Chicago  seguía evocando en mí la expectación de algo inminente, de una consumación casera y reconfortante, vehiculando algo que desde hacía no mucho había aprendido a calificar de “estremecimiento proustiano”.


Volviendo


Recientemente, cosas han llevado a cosas. Los que estábamos idos, hemos venido llegando de a pocos, buscando eso que se quedó entre árboles, ramas, cigarros y tardes de nada. Otros, han ido a donde les corresponde, siempre cargando el pedazo de todos que les tocó en suerte. Las voces son las mismas, el recuerdo es una ventana desempañándose y está noche, pocos se suicidarán de soledad, pues estamos ausentes de bohemia (Gracias a dios). Desde ésto, que sigue siendo nada, vamos a brindar por los ausentes.

Volvería al árbol ese lugar-templo esculpido a fuerza de tristezas; pero esta tarde no, ni la próxima, prefiero la lluvia distante de recuerdos. Me acunaría cerca a la raíz, pero detesto el pasto sembrado de colillas, más cuando la semilla sigue siendo mía y la humareda sabe a nostalgia ajena. Lo sé, bajo sus ramas, las escaleras fueron más que un poema garabateado sobre la luz blanca (mi pared su pared), un subterfugio para este naufragio que no aceptó sudores, y menos, sueños de orillas probables. Creímos que todos estaban, los rostros siempre son diáfanos en el recuerdo, como lo es el tamaño de las calles en la infancia. Pero pasado el tiempo justo, la estrechez de las calles nos alarma contra el artilugio de la memoria, y nos muestra al fin, que siempre Venus importará más que Atenea; que no hay rostros tallados por Rodin, sino esputos de aquél que se mató de soledad en una noche de bohemia, ése del que nunca lograrán ser un vaho siquiera. Nada tendrá sentido nunca. Sólo de nostalgia se alimenta la esperanza y la esperanza es siempre funesta. Sé que no lo encontraría en ese árbol. Sin embargo, si asomara acaso, un ojo por la hendidura de su corteza, no podría menos que relacionarlo con una mueca mentirosa, rezago de falsas promesas. Se necesita estar muy lejos  para no saber, que hace mucho cayó la última hoja.

Lo anterior fue la entrada número 20. Escrita el 15 de octubre de 2009. Los comentarios que tuvo, como son sólo dos, los reescribo también.

leogilg Says:

Miro atrás y hay un árbol, donde crece la hiedra. no puedo menos que abrazarme a un tronco muerto, soñar con aquella orilla. Aunque el naufragio sea de arena. Donde hubo aguas duerme el desierto.

elias Says:

acabo de descubrir esta pagina, y al igual que con la de Leo no puedo dejar de sentir cierto pudor. Trato de recoger sus palabras con delicadeza, como quien encuentra un insecto fabuloso e imposible. Amigos, siempre habrá un poco de sed para compartir, una vallejiana piedra donde sentarnos, sea la orilla una excusa, una coartada.


La carta de un pájaro que hace “ric-ric”


“Ya hace mucho que no tengo noticias de Nadie*. Por lo visto, han desaparecido de mi mundo. Podría decirse que las personas van cayendo en silencio, una tras otra, por el borde del mundo que me pertenece. Todas encaminan hacia allí sus pasos y, de repente, desaparecen. Quizás el borde del mundo esté en aquel lugar. Para mí los días transcurren sin que suceda nada en particular. Tan anodinos que he acabado por no distinguirlos unos de otros. No leo el periódico, no veo la televisión, apenas salgo. A veces, a lo sumo, voy a la piscina. El subsidio de desempleo se ha agotado hace tiempo y ahora vivo de mis ahorros. No necesito gran cosa para subsistir y, gracias a la herencia que me dejó mi madre, por ahora estoy bien. En la mancha (de la mejilla) tampoco se aprecia ningún cambio remarcable. Pero, a decir verdad, conforme van pasando los días, cada vez me importa menos. Si debo tenerla hasta el fin de mis días, la tendré y en paz. Quizá sea algo que deba tener. Ni yo mismo sé la razón, pero me he convencido de ello. Sea como fuera, permanezco aquí, en silencio, aguzando el oído.”

Del “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami.


Preguntando a Papá


Hace 27 años nací. Me dicen que era domingo y estaba próximo el almuerzo. Los domingos se almorzaba fuera aprovechando los privilegios del esclavismo laboral. Cuando tenga un hijo, veré si el día está azul, gris o blanco. Si hay lluvia, sol o el viento arrecia. Compraré el periódico en la chaza de la esquina. Guardaré el libro que esté leyendo y fumaré mi último cigarro. Si una mujer llegase a embarazarse de mí, quisiera comprar una libretita para escribirle mientras la barriga crece. Para contarle que ese día llovía, que eran las 3, las 4 o las 10. Que no tenía con qué pagar el taxi, que el carro recién lo había comprado, que tomamos un bus porque estaba sin trabajo. Seguiré escribiendo hasta que le enseñe a leer, hasta que cumpla 27 años y me pregunté por el día en el que vino, por cómo nos sentimos, por cómo se llamaba la enfermera y el celador del hospital, por qué habíamos comido, por la dirección y quiénes eran mis amigos.

Quizá poco le interese y se conforme con “era domingo y no pudimos almorzar”.


Sólo para fumadores.


Durante mucho tiempo he escuchado a tántos (sí, tildado a lo Vallejo) amigos fumadores hablar de la relación intrínseca, casi siamésca que tienen la literatura, la escritura y el cigarrillo, que seguir tocando lo mismo parece una reincidencia en la estupidez.

En alguna entrada del pasado (léase penúltimo párrafo), comenté el infortunio de sentarme junto a unos jóvenes-fumadores-estudiantes-de-literatura, que pretendían llevar a cabo una serie de conferencias para explicar las razones onto-teológicas de escribir-fumar, ambientando el sitio con un cenicero gigante en medio del auditorio. En ese tiempo, me burlé en ese tono misterioso con el que solía escribía cuando aún tenía palabras “trascendentales y enigmáticas”. Pero ahora, aprendí a no prestar atención a trivialidades y escribo sin tantas trascendencias pero me burlo igual.

Varios libros se detienen en disertaciones acerca de la relación. No obstante, no he leído nada que considere digno de un fumador agraciado en las letras. Aunque…

“Nadie ha comprendido que el tabaco es el mejor amigo del escritor en esas noches solitarias cuando uno está frente al computador y la pantalla está en blanco. El tabaco es una especie de mar extraño por donde navegan las ideas. Unas se van con el humo. Otras se quedan. Se escriben”.

Sencillo. Sin complicaciones. Hasta obvio. Tonto diríamos. Es de un escritor muy conocido en Colombia, de culto entre los amantes de la literatura para tocados. Murió jóven. El primero que contó a Bogotá de noche y con el perro de la muerte olisquéandole las pantorrillas.  Tiene una novela que se llama “El sapo speed y su banda de corazones maleantes”.

“Y dios lo hizo morir durante cien años

y luego lo animó y le dijo:

-’¿Cuánto tiempo has estado aquí?’

-’Un día o parte de un día’, respondió.”


El hombre docto, la cultura alejandrina, la escritura y el desempleo.


La última vez que vine estábamos a medio mundial, seguía sentado en un escritorio sintiéndome un tipo con algo para hacer, guardando esperanzas en la labor diaria y en su consecuente bienestar dignificante. Esperaba las vacaciones y el sueldo del mes sin trabajar. Había empezado, otra vez, mi tan fluctuante “novela” esperando terminarla para un concurso a mediados de agosto. Soportando la misma historia entre las sienes y el corazón, diciendo a los conocidos, que al menos ya había encontrado un ritmo que podría funcionar y encajar con lo que se espera de una novela contemporánea, que ya sólo me faltaba poder escribir en francés y relatar una que otra tarde lluviosa, poner un personaje al que caracterizara por su cigarrillo constante, por un gato blanco y un cuarto oscuro, para que lo escrito concordara con lo esperado de un primer ejercicio novelístico.

Me había quejado, como es costumbre, del problema que se me estaba volviendo alejarme del lugar común y de las escenas de carácter sexual bizarre (en francés o inglés), cuya preocupación supo un amigo espantar citando a unos directores de cine, que asumen el cliché como condición primera del apelativo de lo universal. Leía un extenso libro que alguien me recomendó y que aún cargo en la mano las pocas veces que salgo de mi casa, para en los trayectos avanzar algunas páginas. De mil páginas y más de un mes de lectura, no he conseguido superar la 150. Escuchaba a Bob Dylan y Portishead de manera obsesiva, siéndome inevitable escribir mientras sonaba It’s only you, who can tell me apart And it’s only you, who can turn my wooden heart.

Se había vuelto un detonante, sinónimo de frenesí creativo. Lejos estaba de un estado cercano al bien-estar, pero sí tranquilo en la quietud que da la certeza de un café, cigarrillo y cine. Las cosas han cambiado, no he vuelto a escribir, no salgo, no leo, no duermo, ya casi ni fumo. La novela, ya es seguro que no está para la fecha prevista y no tengo ganas de terminarla. Y aún, cuando nunca pensé que estaría supeditado vitalmente al escritorio, a madrugar, al horario de oficina, al tinto de greca, a los estudiantes, a las tardes de soledad luego del trabajo, al sitio de siempre, al café de siempre, al estilo vida del joven-adulto profesional, debo reconocer que el sentido de Lo Útil no está lejano de las dinámicas laborales y que mucho de lo que constituye la vida, pasados ciertos años, se vincula estrechamente con la actividad que ocupe el día. Es mucho más fácil perder el tiempo en ejercicios fútiles cuando has dedicado el día a la utilidad.

Ahora que entro a la inutilidad laboral, y en consecuencia a la inutilidad de lo no retribuyente, pienso en Goethe cuando decía a alguien que no recuerdo “Sí, amigo mío, también existe una productividad de los actos” y creo que eso moverá las manos, pero entonces recuerdo que la cultura, todo nuestro mundo moderno está asentado en la cultura alejandrina y su hombre teórico como hombre ideal. Tal tipo de hombre, posee las más altas fuerzas cognoscitivas, trabaja a favor del progreso y la técnica. Es el docto quien es útil, al punto de que el hombre no-teórico produce estupor y en la gente de bien, su sola concepción es algo terrible.

Esta cultura extremadamente optimista, extremadamente socrática, que cree en la felicidad a través de la obra hecha, que necesita de esclavos eruditos, excluye cada vez más al contemplador, al simpatizante de la quietud. No es posible salirse de ella, no pensar como ella, lo que alimenta la frustración y me dice cada día más, que no vale la pena quien se sienta todas las tardes en la misma silla, a ver las personas en las demás mesas para escribir luego de ellas, mientras no sea servil, al menos por ocho horas diarias, al mundo de los felices.

La productividad de los actos sólo es cierta en el ideal Nietzschiano de la cultura, en la realidad del progreso sólo es cierto quien sabe sentarse, tomar café y transmitir el conocimiento. La dignidad del trabajo-dignidad del ser humano es la seducción de la utilidad, claro siempre y cuando tengas remuneración que te permita ser parte de la felicidad al alcance de todos.


“Melancolía Hermética”


Pintura de Chirico

No soy fanático de la pintura surrealista, lo que no significa que niegue su intento de tantos años. No voy a contarles del autor, ni a debatir por qué no me gusta el surrealismo. Dejo sólo la imagen de la pintura de Chirico “Melancolía Hermética”. Tal sensación de incomunicación, de imposibilidad total, dada quizá por la ausencia de lo humano en un cuarto vacío, parece obra de Juan Pablo Castel. Sólo una estatua como remedo de la existencia tangible, mirando a ningún sitio, signando la melancolía histórica, de la historia: ese abandono, esa abulia de sentirse perdido entre un pasado inalcanzable y un presente cada día más disonante. Pero no es desazón, lo disonante son las cuerdas mal templadas en el diapasón y la quietud que ocasiona su rasgar obsesivo. Un estado intermedio entre la nostalgia de la tradición y estar en suspensión en el presente.


Ansiedad


Desde el fondo del único cuarto el murmullo de un sueño temprano fue alterado por un zapateo en el pasillo. Sería la pieza del lado, los que allí vivían, llegaban tarde del trabajo y rara vez lo hacía respetando el sueño de los otros inquilinos. Norma miró a la ventana aguzando el oído, mientras terminaba por acostumbrarse a la oscuridad. Sabía que en las aceras muchos esperarían aún transporte para sus casas y que los borrachos llegaban a las tiendas con los bolsillos llenos de monedas. Mañana, las clases para Amanda empezaban con el desayuno del distrito. Con esfuerzo miró el reloj redondo y blanco de la cocina: 10:45. Aunque inquieta, un rezago de sosiego persistía. Aún podría gritar asomada a la ventana y alguien acudiría. La sombra de unos pies, similares a los que en la tarde las visitaran, cortó la luz en la parte inferior de la puerta y la respiración agitada de varias personas se escuchó cercana.


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