La última vez que vine estábamos a medio mundial, seguía sentado en un escritorio sintiéndome un tipo con algo para hacer, guardando esperanzas en la labor diaria y en su consecuente bienestar dignificante. Esperaba las vacaciones y el sueldo del mes sin trabajar. Había empezado, otra vez, mi tan fluctuante “novela” esperando terminarla para un concurso a mediados de agosto. Soportando la misma historia entre las sienes y el corazón, diciendo a los conocidos, que al menos ya había encontrado un ritmo que podría funcionar y encajar con lo que se espera de una novela contemporánea, que ya sólo me faltaba poder escribir en francés y relatar una que otra tarde lluviosa, poner un personaje al que caracterizara por su cigarrillo constante, por un gato blanco y un cuarto oscuro, para que lo escrito concordara con lo esperado de un primer ejercicio novelístico.
Me había quejado, como es costumbre, del problema que se me estaba volviendo alejarme del lugar común y de las escenas de carácter sexual bizarre (en francés o inglés), cuya preocupación supo un amigo espantar citando a unos directores de cine, que asumen el cliché como condición primera del apelativo de lo universal. Leía un extenso libro que alguien me recomendó y que aún cargo en la mano las pocas veces que salgo de mi casa, para en los trayectos avanzar algunas páginas. De mil páginas y más de un mes de lectura, no he conseguido superar la 150. Escuchaba a Bob Dylan y Portishead de manera obsesiva, siéndome inevitable escribir mientras sonaba It’s only you, who can tell me apart And it’s only you, who can turn my wooden heart.
Se había vuelto un detonante, sinónimo de frenesí creativo. Lejos estaba de un estado cercano al bien-estar, pero sí tranquilo en la quietud que da la certeza de un café, cigarrillo y cine. Las cosas han cambiado, no he vuelto a escribir, no salgo, no leo, no duermo, ya casi ni fumo. La novela, ya es seguro que no está para la fecha prevista y no tengo ganas de terminarla. Y aún, cuando nunca pensé que estaría supeditado vitalmente al escritorio, a madrugar, al horario de oficina, al tinto de greca, a los estudiantes, a las tardes de soledad luego del trabajo, al sitio de siempre, al café de siempre, al estilo vida del joven-adulto profesional, debo reconocer que el sentido de Lo Útil no está lejano de las dinámicas laborales y que mucho de lo que constituye la vida, pasados ciertos años, se vincula estrechamente con la actividad que ocupe el día. Es mucho más fácil perder el tiempo en ejercicios fútiles cuando has dedicado el día a la utilidad.
Ahora que entro a la inutilidad laboral, y en consecuencia a la inutilidad de lo no retribuyente, pienso en Goethe cuando decía a alguien que no recuerdo “Sí, amigo mío, también existe una productividad de los actos” y creo que eso moverá las manos, pero entonces recuerdo que la cultura, todo nuestro mundo moderno está asentado en la cultura alejandrina y su hombre teórico como hombre ideal. Tal tipo de hombre, posee las más altas fuerzas cognoscitivas, trabaja a favor del progreso y la técnica. Es el docto quien es útil, al punto de que el hombre no-teórico produce estupor y en la gente de bien, su sola concepción es algo terrible.
Esta cultura extremadamente optimista, extremadamente socrática, que cree en la felicidad a través de la obra hecha, que necesita de esclavos eruditos, excluye cada vez más al contemplador, al simpatizante de la quietud. No es posible salirse de ella, no pensar como ella, lo que alimenta la frustración y me dice cada día más, que no vale la pena quien se sienta todas las tardes en la misma silla, a ver las personas en las demás mesas para escribir luego de ellas, mientras no sea servil, al menos por ocho horas diarias, al mundo de los felices.
La productividad de los actos sólo es cierta en el ideal Nietzschiano de la cultura, en la realidad del progreso sólo es cierto quien sabe sentarse, tomar café y transmitir el conocimiento. La dignidad del trabajo-dignidad del ser humano es la seducción de la utilidad, claro siempre y cuando tengas remuneración que te permita ser parte de la felicidad al alcance de todos.