Cliché, de nuevo.


Llevo rato tecleando infructuosamente, creo que hoy se cumple una semana de eso. La frustración se hace talante, movimiento constante hacia fuera y sé que pronto terminará en una quietud preocupante. Vila-Matas habla del Mal de Montano, de la imposibilidad de poner siquiera un palabra, de la angustia del cursor palpitante, de los dedos estáticos sobre el teclado. Con plena consciencia de mi insignificancia, me reconozco en ése que quiso escribir la historia de los escritores olvidados.

Suelo sentarme al borde de mi cama y llorar porque extraño a alguien, o quizás sólo sea la necesidad humana de hacerse el importante frente a uno mismo cuando no se tiene más. Me explico: uno se sienta, llora y mira el piso, no porque haya siempre una ausencia, sino porque queremos volver al fondo para buscarnos, tomarnos fuerte de los pies y traernos de vuelta. Luego, uno escribe, mal o bien, pero escribe; escribe porque ya está aquí y puede ver y oír lo que luego serán palabras.

Suelo sentarme al borde de mi cama y llorar porque he estado buscándome y hace semanas no encuentro los pies para traerme hacia este lado. Entonces, el piso se hace rugoso y movedizo, las paredes se alejan de mí tanto, que me veo en medio de un espacio luminoso y solitario donde sólo están mis manos sobre mis rodillas. Luego, no hay palabras, no hay nada.

El gato suele regodearse sobre mis hojas limpias. Lo miro, y algo parecido a la ternura se hace sonrisa.

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