La Conquista


Muchos años después frente a tu cuerpo desnudo, sólo pude mirar tus manos. Me encantan, te dije, mientras paseabas vestida con un traje de esos que inventó la moda para revivir pasiones muertas y que sólo tapaba a medias tus tetas de pezones rosados que yo podía ver y recordar atrás del encaje que las cubría.  Te acercaste y acariciaste mi pelo. Al otro lado, reflejadas en el espejo, vi tus nalgas redondas y grandes, divididas por una línea negra que se extendía por tus caderas y las hacía regalo perfecto para mis fetiches. Y tus manos, tus manos que se habían separado de mí para posarse en ti y decirme que toda tú me habías extrañado. Yo me sentaba al borde de esa cama extraña que tanto cuerpos soportó antes, mientras tú jugueteabas conmigo como un gato con las hilachas de una colcha mal cocida. Te dije me encantas, me encanta tu juego, me encanta tu boca y tu voz.

Te acercaste taconeando como una actriz porno sobre los tacones altos de tu botas de látex y te arrodillaste a la altura de mi piernas desnudas; las separaste y empezaste a lamer, besar y succionar. Estar dentro de ti fue lo más parecido a materializar los recuerdos para usarlos a beneficio del dolor. Te agarré del pelo con fuerza, tu pelo que estaba húmedo del baño de la mañana, y me hundí más en ti. Los recuerdos y sus tristezas seguían ahí, al borde de tu lengua inquieta, enredados en el pelo que yo alborotaba más en el paroxismo de los cuerpos. ¿Te gusto? pregunté. Sabe delicioso, dijiste separándote de mí. No ¿Te gusto? ¿Yo?, aclaré. Claro, dijiste sin mirarme a los ojos y regresando a la tarea que te ocupaba. Yo sabía, sé, que todo estaba relacionado con la culpa. Todo en el  mundo está relacionado con la culpa. Que sólo viniste a mí para librarte de las pesadillas donde seguías apuñalando las hojas que te escribí y que guardaste en un sitio donde nadie pudiera verlas, ni encontrarlas más: la basura. Esas hojas que eran tú, que eran yo, que éramos los dos cuando el mundo no nos había mandado tan lejos uno del otro.

Sin embargo, yo movía mis manos en tu cintura, acariciaba tu espalda hasta abajo, hasta el lugar donde aún estaba intacto el tatuaje que te hice muchos años atrás por la misma época de las cartas y los poemas. Te halé hacia arriba, lo hacías tan bien que no soporté más, una sonrisa estúpida e involuntaria se estacionó en mi rostro. ¿Olvidaste? Me preguntaste… y yo dije ¡Nunca!. Así que giraste, corriste tu ropa y con las piernas apretadas te sentaste sobre mi bandera enhiesta. Claro, ahora decir bandera parece una ridiculez, pero una ridiculez que se ajusta perfecto al acto del amor carnal. Porque yo quería someterte como un reino que ha dado batalla mucho tiempo, un reino que no sé cómo soportó tanto el hambre de mis puertas bloqueadas; y que al fin, luego de años y años de sentir hambre de mí, regresa para entregarse con todos sus ímpetus por el suelo. Por eso no te deje sentar. Tomé tu cintura, te lancé de bruces a la cama, levanté fuerte tus piernas separándolas, toda tú quedaste apoyada en las rodillas. Pon la mejilla contra la cama, te ordené. Tú sonreíste y me miraste torciendo mucho el cuello y obedeciste parando más las nalgas. Me fui todo en ti, digo todo porque casi pude sentir tu cuerpo hasta el cuello. Me fui las veces que exigía mi espera, mi tristeza y mis ganas de conquistarte como una tierra altamente fértil que necesito para alimentar mis días.

Siempre he sido tuya y siempre lo seré, me dijiste cuando yo estaba en silencio recostado en la cama acariciando tu cabeza puesta en mi pecho, y pensaba que tampoco esta vez había logrado dominarte,que todo fue una treta para que te pasara comida antes de que murieras de hambre. Tu hambre, que no era de mi cuerpo sino de lo que guarda mi corazón. Ahora tú, me habías dominado siendo mía, para que fuera tuyo otra vez.

Me encantan tus manos, pensé mientras besabas las mías y me quedaba dormido.

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3 responses to “La Conquista

  • Diego Niño

    El amor decía alguien, acaso Napoleón, es la única batalla que se gana huyendo… pero, le objeto al personajes, ¿cómo huir de algo que está dentro de sí?… el amor no es algo que se construya afuera de este laberinto de sentimientos e ideas que algunos llaman alma y que la mayoría denomina, con orgullo y prepotencia, Yo… quizás uno se enamora de sí mismo, quiero decir que se vuelve a enamorar de sí mismo, de aquellas partes oscuras y lúgubres que quisiéramos mostrar a los demás pero que sabemos de antemano que serán rechazadas…

    Hermoso Texto!!…

    Saludos desde la fría Bogotá

  • lizarisarisation

    Solo puedo decir que me encanto!

  • Bruno

    Qué bueno leerlos por acá.

    Diego: Sí, fue Napoleón, Usted me recuerda a Freud con aquello del amor narciso, y la posibilidad de destruir-fundir el yo en el yo del otro, enamorarse de lo que hay de mí en ella o lo que me hace falta y tiene ella. El amor es un ejercicio del ego, tristemente. Mi personaje buscaba una redención, como todos en esta vida. Saludos.

    Liza: Gracias por leerme. Me gusta que te encante, eres difícil de complacer y que te encante habla bien de mis letras. Un beso.

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