Una pregunta para Zuckerman


Tendría que decir que hoy sólo quiero escribir por que sí, porque no me sé y teclear apresurado ayuda a saberse. Más aquí, un “sitio” donde el encontrarse parece la principal función. Traigo tan pocas cosas en los bolsillos que me agobia no saber qué dejar, no saber qué valdría conservar para ese futuro lejano en apariencia, pero que se mete con más fuerza por los pequeños espacios que le dejo a la cavilación del porvenir. Creo que lo importante para guardar hoy, sería que terminé un cuento, un cuento largo y tedioso que me costó semanas de escritura y reescritura, de impresión y relectura y vuelta a pasar. Y que al final, no termina de convencerme del todo, pero al que no me atrevo a regresar por miedo a la decepción.

Diría que la history del cuento me fue mucho más pesada que la narración en sí. Suele pasar que no entendemos bien qué guardamos en el fondo hasta que no lo vemos hecho ficción, es decir, la ficción se hace un instrumento que posibilita un ejercicio introspectivo. Claro, podríamos hablar del cliché de la terapia escritural tan de moda ya desde antes de que Freud viera en ella el modo del auto-reconocimiento y aceptación de taras infantiles, y que se cargan como lastres traumáticos sin que muchas veces se sea consciente de ellas. Pero no me refiero a eso. Cuando terminé y leí, recordé un episodio de mi vida (sin decir que lo he olvidado), que había puesto a un rincón donde no hiciera daño. No contaré el episodio porque lo sé muy bien, pero está relacionado con la terrible posibilidad de jugar con el sentimiento de una madre que ha perdido a su hijo.

Cada vez que necesitaba narrar desde el personaje de mamá con el corazón cercenado, había algo que se ponía en el fondo de mí y hacia que escribir fuera más complicado. Me sentía embotado y muchas veces mientras tecleaba, sentí que algo me pedía que no lo hiciera más. Como si Celina se hiciera real y se levantara a juzgarme por mis pretensiones de dios pequeñito y cruel. Sobra decir que no la escuché, porque así tenía que ser la historia.

Sé con claridad, ahora cuando respondí la pregunta recurrente, a qué se debía esa urgencia del corazón y ese clamor de mi ficción. No era el manido: “los personajes cobraron vida y hablaban para mí“,  sino la certeza de una culpa tangible, de conocer el dolor de alguien que un día perdió un hijo y que sin consideraciones a la cercanía de sangre, lo usé para construir mi personaje y hacerlo mucho más consistente dentro de mi idea de la muerte.

¿Y entonces?

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