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Edificio-Corazón, al estilo de la Rusia socialista


Temo innecesariamente a las ambivalencias del corazón. Entonces me oculto, me regreso en los intentos y todo se hace una piedra nunca lanzada. No es grato entender que lo nuevo se mueve en función del recuerdo, que aquello de lo que nos creíamos librados, sigue agazapado en los rincones de los espacios que inevitablemente reflejan un rostro amoroso y tormentoso. El problema no es el fantasma, sino cuánto de él pervive en las cosas reales que buscan acomodarse en donde ya creíamos no podría vivir nada.

Un día usé una metáfora trillada, entonces tenía 16 años y no era consciente de lo mucho que había sido elaborada ya por grandes escritores: la imagen de un corazón articulado como un edificio de apartamentos al estilo de la Rusia socialista, personas variadas ocupando cada uno de los compartimentos. Personas buenas, personas insignificantes y personas malas. Las malas saben guardar silencio, estar por ahí sin atreverse a reptar fuera porque tienen miedo de que se las sepa. Las insignificantes pasan con sus ajuares pomposos y con la mirada fija en el frente, no perturban a nadie. Las buenas, suelen sentirse tan confiadas en su pequeño espacio de edificio-corazón, que mantienen puertas y ventanas abiertas, todo el tiempo amenazando saltos fuera, suicidios afectivos; exigen un lugar limpio y bien iluminado, que la ventana dé al mar o al río Hudson, o al Támesis o al Rihn; también más tiempo para compartir, un trago en fin de semana, una mesa dispuesta y una comida abundante, abrazos, sonrisas y frases que soporten sus esperanzas. Las personas buenas son las peores, su confianza excesiva las hace poco cuidadosas con lo que se les ofrece por un bajo precio.

De repente, sin que nada pasara antes, cruzas por el sitio que les ofreciste y sólo encuentras el desorden de la partida. Desde la ventana abierta se ve el Támesis discurrir con sus muertos de todas las épocas flotando hinchados boca abajo, a tu alrededor el caos de lo que pasa vertiginoso y deja todo revuelto. Apelando a la sensatez clausuras ese pedazo de tu corazón que ofreciste a una buena persona, pues ya nadie podrá nunca ocupar su mismo lugar. Pones aldabas grandes cerradas por candados fuertes, te llenas de miedo y de inseguridad, recoges tu río, tu luz y tu ventana y las arrinconas para que sean recuerdos quietos, muertos e indoloros. Pero el río ruge y la ventana sigue recordándote la posibilidad del salto, así que mejor te arrancas los oídos y los ojos, te acomodas con muchas lágrimas boca arriba en tu cama y esperas que la luz que aún brilla en el río tras la ventana, un día se apague sin mucho desorden.

Pasa el tiempo, y aunque ya has tenido que clausurar otros compartimentos, ese primero te sigue siendo el más importante. Pasa más tiempo y la luz se sigue metiendo en las cuencas vacías. Más tiempo, más tiempo, más tiempo, más tiempo… ¿y qué? absolutamente nada. Ya nada es como era antes, tus rincones rebosan, tu río crece y tu ventana se hace amarillenta nublándote la visión. Crees que ya todo está perdido, que es hora de dejarse ir o mejor, de seguir mirando sin ojos el techo aburridísimo, fumándote un cigarrillo despacio porque un día alguien te dijo, que cuando todo se hiciera oscuro, encendieras un cigarrillo y fumaras despacio. No sabes bien por qué ni para qué el cigarrillo y la quietud, pero no hay más por hacer.

Poco a poco tu corazón-edificio ruso va quedando vacío. Nadie se ve por los pasillos, nadie te invita una cerveza cuando hace sol o a comer cuando no tienes hambre. Todo es aldabas, candados, ríos,ventanas, gatos, unicornios en papel, frases de escritores regados por los rincones, bufando como bestias cansadas, mientras ya no encuentras qué más arrancarte para no sentir nada de lo que te rodea. Fumas despacio.

De tanto mirar al techo y de tanto fumar despacio, un día entiendes. No importa qué, sólo entiendes. Escarbas cada rincón buscando lo que te has arrancado y como un niño pequeño, con las piernas abiertas sentado en el suelo, acomodas cada una de las partes en donde crees puedan ir. Poco importa si al final funcionas o no como antes, lo más seguro es que no hayas encontrado algo que se perdió para siempre y por eso no fue posible unirlo a la totalidad de lo que eras; y entonces veas colores que no existen o seas menos sensible a la luz del sol o a los ríos bullosos o las ventanas angustiantes y suicidas. Confórmate con la certeza de que ya entiendes.

Mi metáfora iba más larga, más tonta y más adolescente. Sin embargo, me es útil para decirme que estoy pensando quitar candados y aldabas, reabrir el compartimiento que pensé vedado para siempre y ponerle un río más tranquilo y una luz más alegre, para ver si pronto, quizás sí, la piedra que le hace falta a mi ventana amarillenta caiga estruendosa y me rompa a mí también de paso. Quizás también cuando se vaya, quede todo destruido, pero ahora sé qué partes de mí cercenar para entender más rápido.

Temo a las ambivalencias del corazón y a las posibilidades de un anuncio de arrendamiento en el periódico de las mañanas.

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Solipsismo y ficcionalización.


Traigo una parte de lo que pretendo ser pegada a lo que soy. Como quien camina un largo pasillo con habitaciones cada tantos pasos como guardias punitivos sin siquiera dignarse sacar de las sombras una mirada despectiva. No sé de cuántas maneras sea posible hablar de sí mismo, referirse a ese otro yo al que la narración hace otra cosa. Contarnos nos transforma, hablar de lo que nos compone nos hace más etéreos; de forma hiperbólica sería casi como hacerse una niebla que se levanta por sobre los objetos físicos ocultándolos, mientras ese rezago del yo de los días queda como un fantasma de caricatura a la espera de un soplo que lo haga desaparecer. Develarse es evanescerse.

Me doy cuenta ahora que evanescer es una palabra que presupone un proceso; mejor, una transición de estados: pasar de lo que está a lo que no puede asirse: el humo. Entonces toda narración de sí mismo se haría un intento por esfumarse por sobre lo que se considera la realidad. Levantarse como una entidad que nada toca; dejar de ser, para ser algo más voluble y resbaladizo. Toda narración es ficcionalización, pues lo que rescatamos del pasado es todo literatura. Hoy sólo fui niebla sobre las montañas más altas, no quedó siquiera la parte de mí que se mantiene con los amarres a la realidad. Me fui y me jugué al azar del poderoso, no ese azar déspota y funesto, sino al azar que no sabe de moralidades y se ha liberado de todo prejuicio, ése que se lanza contra los muros de la sensatez con la esperanza de que espontáneamente desaparezcan.

Conté lo que no recordaba de mí. Inventé lo que he esperado de mí. La expectativa de un yo más fuerte, más sensato y que sabe vivir, cobró forma desde eso que los que me conocen suele denominar como “frialdad psicótica”. Le dije a mi yo posible cómo ser mejor, como superar a ese yo pausado y mentecato, para ser en el movimiento de dejar de ser. Me fabulé para develarme, para evanescerme y para moverme con libertad sobre lo real, esperando que cuando la condensación llegara, esa forma previa de mí mutara en un “Yo-2.0” con las aristas más suaves y las formas más definidas.

Creo que tomé mucha cerveza y mis neuronas toman la forma de un caleidoscopio imaginado en el paroxismo de una droga sintética sesentera. Lo anterior, quedará como muestra del porqué no escribir con alcohol en la sangre. Buenas noches.


Una pregunta para Zuckerman


Tendría que decir que hoy sólo quiero escribir por que sí, porque no me sé y teclear apresurado ayuda a saberse. Más aquí, un “sitio” donde el encontrarse parece la principal función. Traigo tan pocas cosas en los bolsillos que me agobia no saber qué dejar, no saber qué valdría conservar para ese futuro lejano en apariencia, pero que se mete con más fuerza por los pequeños espacios que le dejo a la cavilación del porvenir. Creo que lo importante para guardar hoy, sería que terminé un cuento, un cuento largo y tedioso que me costó semanas de escritura y reescritura, de impresión y relectura y vuelta a pasar. Y que al final, no termina de convencerme del todo, pero al que no me atrevo a regresar por miedo a la decepción.

Diría que la history del cuento me fue mucho más pesada que la narración en sí. Suele pasar que no entendemos bien qué guardamos en el fondo hasta que no lo vemos hecho ficción, es decir, la ficción se hace un instrumento que posibilita un ejercicio introspectivo. Claro, podríamos hablar del cliché de la terapia escritural tan de moda ya desde antes de que Freud viera en ella el modo del auto-reconocimiento y aceptación de taras infantiles, y que se cargan como lastres traumáticos sin que muchas veces se sea consciente de ellas. Pero no me refiero a eso. Cuando terminé y leí, recordé un episodio de mi vida (sin decir que lo he olvidado), que había puesto a un rincón donde no hiciera daño. No contaré el episodio porque lo sé muy bien, pero está relacionado con la terrible posibilidad de jugar con el sentimiento de una madre que ha perdido a su hijo.

Cada vez que necesitaba narrar desde el personaje de mamá con el corazón cercenado, había algo que se ponía en el fondo de mí y hacia que escribir fuera más complicado. Me sentía embotado y muchas veces mientras tecleaba, sentí que algo me pedía que no lo hiciera más. Como si Celina se hiciera real y se levantara a juzgarme por mis pretensiones de dios pequeñito y cruel. Sobra decir que no la escuché, porque así tenía que ser la historia.

Sé con claridad, ahora cuando respondí la pregunta recurrente, a qué se debía esa urgencia del corazón y ese clamor de mi ficción. No era el manido: “los personajes cobraron vida y hablaban para mí“,  sino la certeza de una culpa tangible, de conocer el dolor de alguien que un día perdió un hijo y que sin consideraciones a la cercanía de sangre, lo usé para construir mi personaje y hacerlo mucho más consistente dentro de mi idea de la muerte.

¿Y entonces?


La Conquista


Muchos años después frente a tu cuerpo desnudo, sólo pude mirar tus manos. Me encantan, te dije, mientras paseabas vestida con un traje de esos que inventó la moda para revivir pasiones muertas y que sólo tapaba a medias tus tetas de pezones rosados que yo podía ver y recordar atrás del encaje que las cubría.  Te acercaste y acariciaste mi pelo. Al otro lado, reflejadas en el espejo, vi tus nalgas redondas y grandes, divididas por una línea negra que se extendía por tus caderas y las hacía regalo perfecto para mis fetiches. Y tus manos, tus manos que se habían separado de mí para posarse en ti y decirme que toda tú me habías extrañado. Yo me sentaba al borde de esa cama extraña que tanto cuerpos soportó antes, mientras tú jugueteabas conmigo como un gato con las hilachas de una colcha mal cocida. Te dije me encantas, me encanta tu juego, me encanta tu boca y tu voz.

Te acercaste taconeando como una actriz porno sobre los tacones altos de tu botas de látex y te arrodillaste a la altura de mi piernas desnudas; las separaste y empezaste a lamer, besar y succionar. Estar dentro de ti fue lo más parecido a materializar los recuerdos para usarlos a beneficio del dolor. Te agarré del pelo con fuerza, tu pelo que estaba húmedo del baño de la mañana, y me hundí más en ti. Los recuerdos y sus tristezas seguían ahí, al borde de tu lengua inquieta, enredados en el pelo que yo alborotaba más en el paroxismo de los cuerpos. ¿Te gusto? pregunté. Sabe delicioso, dijiste separándote de mí. No ¿Te gusto? ¿Yo?, aclaré. Claro, dijiste sin mirarme a los ojos y regresando a la tarea que te ocupaba. Yo sabía, sé, que todo estaba relacionado con la culpa. Todo en el  mundo está relacionado con la culpa. Que sólo viniste a mí para librarte de las pesadillas donde seguías apuñalando las hojas que te escribí y que guardaste en un sitio donde nadie pudiera verlas, ni encontrarlas más: la basura. Esas hojas que eran tú, que eran yo, que éramos los dos cuando el mundo no nos había mandado tan lejos uno del otro.

Sin embargo, yo movía mis manos en tu cintura, acariciaba tu espalda hasta abajo, hasta el lugar donde aún estaba intacto el tatuaje que te hice muchos años atrás por la misma época de las cartas y los poemas. Te halé hacia arriba, lo hacías tan bien que no soporté más, una sonrisa estúpida e involuntaria se estacionó en mi rostro. ¿Olvidaste? Me preguntaste… y yo dije ¡Nunca!. Así que giraste, corriste tu ropa y con las piernas apretadas te sentaste sobre mi bandera enhiesta. Claro, ahora decir bandera parece una ridiculez, pero una ridiculez que se ajusta perfecto al acto del amor carnal. Porque yo quería someterte como un reino que ha dado batalla mucho tiempo, un reino que no sé cómo soportó tanto el hambre de mis puertas bloqueadas; y que al fin, luego de años y años de sentir hambre de mí, regresa para entregarse con todos sus ímpetus por el suelo. Por eso no te deje sentar. Tomé tu cintura, te lancé de bruces a la cama, levanté fuerte tus piernas separándolas, toda tú quedaste apoyada en las rodillas. Pon la mejilla contra la cama, te ordené. Tú sonreíste y me miraste torciendo mucho el cuello y obedeciste parando más las nalgas. Me fui todo en ti, digo todo porque casi pude sentir tu cuerpo hasta el cuello. Me fui las veces que exigía mi espera, mi tristeza y mis ganas de conquistarte como una tierra altamente fértil que necesito para alimentar mis días.

Siempre he sido tuya y siempre lo seré, me dijiste cuando yo estaba en silencio recostado en la cama acariciando tu cabeza puesta en mi pecho, y pensaba que tampoco esta vez había logrado dominarte,que todo fue una treta para que te pasara comida antes de que murieras de hambre. Tu hambre, que no era de mi cuerpo sino de lo que guarda mi corazón. Ahora tú, me habías dominado siendo mía, para que fuera tuyo otra vez.

Me encantan tus manos, pensé mientras besabas las mías y me quedaba dormido.


La tormenta de arena


A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir cruzándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

Y tú en verdad la cruzarás, claro está. Esta violenta tormenta de arena. Esta tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás. Y cuando la  tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que el tú que surja de la tormenta no será el mismo tú que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.


Una cárcel para la esperanza.


Construimos siempre una forma particular de la prisión, una forma que nos es útil a cada cual por separado, de sitio aislado y punitivo. En ella, dentro de ella, asumimos como erróneo (No. Como perverso) cada paso dado hacia el futuro o hacia el pasado. El pasado, lo que fue y no será, lo que fue y sigue siendo, se nos aparece como un retazo más para adherirle al acolchado sobre el que seguiremos golpeando la cabeza, buscando un dolor que supere el que se nos quedó pegado del mundo de afuera.

Darte golpes contra esos muros cada vez más abullonados, cada vez más confortables, levantados allí a fuerza de imaginación, nos reconforta. Da alivio como esos clavos atravesando las manos de un semidios cualquiera. Toda cárcel es para penar. Toda cárcel es para estar solo.

Cuando la cárcel trae visos de futuro, como si una ventana se abriera de repente en la parte más alta de esos muros isomórficos, la cuestión, la pena y su carácter redentor se hacen más patéticos. La ventana nos ofrece atisbos de un día soleado, nos ofrece un rayo tibio que cae siempre en el mismo lugar y se mueve, conforme avanza el día, hasta desaparecer en un último haz naranja en lo alto de la habitación acolchada.  Todo el día la hemos seguido, nos movemos tras ella, hemos ocupado su mismo espacio, procurándonos calor, luz y una salida al mundo de allá que dejamos a voluntad porque ya todo nos era ajeno, o porque llevábamos mucho tiempo como un giroscopio que nunca se aleja de ese centro que nos ata, cuando lo que queremos es salir despedido lejos y estrellarnos contra una pared y rompernos en muchos pedazos. Pero el lazo es fuerte. Así que optamos por la única salida concebible en lo sensato: La Quietud. Permanecer recogidos en un sólo sitio, que puede ser verdadero, metafórico o estar dentro de nosotros mismos como La Fuerza esa de la película.

El pasado se hace paredes acolchadas y golpes de cabeza, el futuro una persecución eterna de algo que es luz y más allá; el cielo y su sol como esa pared contra la que debemos asumir la quiebra infinita y el último estrellón. Construimos con propia mano una prisión para purgar y soñar. Para liar la culpa y la tristeza. Para entender, pasados los meses, que la cuerda hace mucho se rompió y no somos capaces de irnos de frente contra el muro soleado, para conseguir ser una expectativa siquiera, no ser.

Al fin.


Cliché, de nuevo.


Llevo rato tecleando infructuosamente, creo que hoy se cumple una semana de eso. La frustración se hace talante, movimiento constante hacia fuera y sé que pronto terminará en una quietud preocupante. Vila-Matas habla del Mal de Montano, de la imposibilidad de poner siquiera un palabra, de la angustia del cursor palpitante, de los dedos estáticos sobre el teclado. Con plena consciencia de mi insignificancia, me reconozco en ése que quiso escribir la historia de los escritores olvidados.

Suelo sentarme al borde de mi cama y llorar porque extraño a alguien, o quizás sólo sea la necesidad humana de hacerse el importante frente a uno mismo cuando no se tiene más. Me explico: uno se sienta, llora y mira el piso, no porque haya siempre una ausencia, sino porque queremos volver al fondo para buscarnos, tomarnos fuerte de los pies y traernos de vuelta. Luego, uno escribe, mal o bien, pero escribe; escribe porque ya está aquí y puede ver y oír lo que luego serán palabras.

Suelo sentarme al borde de mi cama y llorar porque he estado buscándome y hace semanas no encuentro los pies para traerme hacia este lado. Entonces, el piso se hace rugoso y movedizo, las paredes se alejan de mí tanto, que me veo en medio de un espacio luminoso y solitario donde sólo están mis manos sobre mis rodillas. Luego, no hay palabras, no hay nada.

El gato suele regodearse sobre mis hojas limpias. Lo miro, y algo parecido a la ternura se hace sonrisa.