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DESPEDIDA


Me iré de ti con el mismo ruido que hacen los corazones cuando se rompen y con el mismo estruendo con que el amor nace en los silencios. No habrá palabra que anude la carrera ni gesto que preserve los recuerdos. Y dolerá porque sigo mirando al frente y es difícil borrarte del futuro. Pesarás como pesa lo que pudimos ser y ya no fuimos. Y diremos un día que el tiempo fue el que tuvimos, que el amor fue el que desechamos y la esperanza esa que se quebró.

Siempre es fácil asumir los acontecimientos como un designio del destino, justificarlo en razones a futuro, donde ya es más sencillo desvanecer los fantasmas o simplemente abandonarlos en los rincones, donde hacen menos estorbo. Pero seguiré estando, yo que sí estuve. Estaré enredado en las promesas que dijiste y no pudiste sostener, en ese Te Amo con el que se atragantó el miedo, en cada una de las palabras que planté en tu boca para que defendieras mejor lo que siempre has sido. Seré todo lo que vas a ser, seré todo lo que pronuncies, seré cada beso que repartas y todos los sudores que se peguen a tu piel.

Este es mi primer intento de silencio. No me juzgues si luego, al caer, te llega el murmullo de algo que deja de ser. Saber decir adiós, también es amor.


Alma. Corto animado.


Los estados ex-táticos suelen considerarse como propiciadores de epifanías, las verdades absolutas se alcanzan sólo así. En mi caso, el estar fuera de sí se parece mucho a esa música de carrusel.

Una recomendación de una amiga.


##.El beneplácito de ser bueno


Mario Tabares, abogado de renombre y retirado, cantaba en las mañanas boleros con un buen acento paisa, que a pesar de los años, aún no mostraba la mácula del páramo. La corbata siempre corta y el pantalón largo. Tenía cara de viejo y cuerpo de niño, desde que era niño, según recuerda: Ave María, es que eso si es mucha vida en esos ojos, decía su mamaíta,  años atrás, en el corrillo del café a las 5 de la tarde.

Histriónico, repartía muecas exagerdas y un Cómo te va viejo, seguido de un triste gesto hecho a costumbre en las congregaciones de su iglesia. Para su esposa, una caricia y un beso en la sien signaban su amor de poso de café.

En el colegio todos lo conocían por sus aviones de balso, icopor o cartulina, por sus sanas costumbres del tinto en exceso y el cigarro en trencito, como decían los niños. Uno tras otro. A nadie le molestaba el olor agrio del tabaco en su ropa, su afabilidad lo libraba de cualquier exclusión. Sin embargo, muchos sabían que alguna influencia tenían en el trato, sus relaciones estrechas con los directivos y los miembros de La Obra; sí, él también era de La Obra. Su calidad de Numerario lo privilegiaba con ocho horas laborales, dos destinadas a manufacturar un avioncito para lanzar de la colina a la cancha de fútbol y seis repartidas en misa, fumar, café, oración, café, fumar, hablar. Frecuentemente, sólo fumar, tinto y hablar. Era preceptor de buen sueldo.

La figura, en desuso hace más de cien años, la instauró el colegio para dar trabajo a fracasados y pensionados que se aburrían mucho en la soledad de las esposas sin hijos. Tabares era uno de ellos, orgulloso consejero de la generación del futuro. Beneficiario del principio de caridad, la vida se le iba en ¿te masturbas?, ¿cuántas veces?, las cosas se hacen de cara a dios… el pecado… la culpa… la culpa, la culpa, mientras alisaba el pantalón gris del estudiante a su lado, con la mano demasiado arriba para incomodidad del aconsejado.

No importaba qué tanto o qué nada, las corbatas se fueran hacia los lados, al cruzárselos por los pasillos, llamaba estudiantes para arreglarlas mientras halagaba el buen olor, el pelo en caída, la blancura de piel y preguntaba por tu tía cómo siguió, salúdame a monseñor y dile a tú mamá que Marielita le envía saludos, que los esperamos por el club para un tecitos y un jueguito de golf acercándose para percibir el aliento en la bufada, mientras deslizaba la mano por la corbata hasta el cinturón.

Los niños no decían nada. El pecado original todavía no se multiplicaba en malicia indígena, y las suaves engañifas de Casanova traían un respaldo divino. Mario Tabares hizo aviones de balso, fumó, bebió café y manoseó decenas de promociones seguidas, recibiendo su buen sueldo puntual, jugando golf con los papás y tomando té con tías y monseñores, fielmente acompañado por Marielita y su poso de café. Dejemos claro que nunca se sobrepasó, todo son inocentes caricias cargadas de afecto, solía decir en su confesión con el Padre amigo y decirse a sí mismo en las noches de cilicio.

Aunque esto ya había sido puesto acá, reencaucho con unas pequeñas correcciones.


37. Ablación


No me interesa que hoy en la mañana hayas usado un sombrero para no sentir que alguien te acusa desde el cielo.

Ni tampoco que tus tetas estén más grandes desde aquella noche en las que alguien más quiso succionarlas hasta hacerlas nada.

Ni que cargues al fin la muestra de tus errores como una mancha oscura en el lugar del ombligo.

Levántate y trázate dos líneas de esquina a esquina de la cara.

Saca el pincel que hace años no uso, la tinta con la que te pintaba unicornios en lienzos que guardabas bajo la cama.

Hazte cruces en la espalda, en el abdomen y en las piernas abiertas.

He recortado las manos y el sitio de tu cuerpo que me encantaba a todas las fotos que no recibiste

la primera, la segunda y la tercera vez que dijiste adiós.

Así te darás cuenta que los sombreros son para caminar desnuda por la casa,

en cuclillas si no soportas el remordimiento.  


36. A Los Atropellados Siempre Les Falta Un Zapato


Todos deben despertar, pero sólo algunos vestirse aprisa. Nada distinto hubo ese día, las mañanas venían siendo iguales hace 4 años. Decir que se sentía solo redundaría en lo que todos podían ver de él. Así que imaginemos, para hacerlo más fácil, 1460 mañanas con un pensamiento recurrente, modelado en la rumia como una redonda, perfecta, clara y no tan bondadosa obsesión. Toda ella fue la culpable, de eso hablaremos más adelante.

     Restemos a esos 1460, 192, tendremos 1268 que no fueron domingos, porque los domingos las cosas eran exageradamente más patéticas. Sólo para repasar y a modo de lección, solía irse en un bus rojo, viajando de norte a sur, sin cambiar nunca de silla, leyendo un libro y mirando la gente queriendo escribir después, pero no lo hacía.

      Sabemos, por experiencias propias, que una obsesión puede llegar a ser buena para el carácter. Siempre dependiendo de la arista con la que quieras cortarte los dedos, o sea, el lado desde donde mires. Él, sintió el roce de su toe contra el cuero del zapato y haló hacia sí fuertemente los cordones “ante todo la dignidad” se dijo. Esa mañana no llevaría corbata “porque lo elegante es lo opuesto a la rutina”.

       La culpa, antes dije, la tendría una bondadosa obsesión, que no viene al caso decir a qué se debe (la obsesión). Ahora, no es posible estar tan seguro de la aseveración. Igual, retomemos. Abrazar a nadie, caminar despacio, sostener la respiración con la idea fija, un paso y otro paso, y uno que será el último. Pararse frente a la calle y despeinarse con la velocidad de los carros rojos, los buses rojos, mejor. Lanzar el cigarro al borde del filtro, no pensar en nada en nadie. Un hueco, escuchó, un abismo, escuchó, sólo para abajo, escuchó. Pero es mejor, no hay hueco, ni abismo, ningún lado. Calma, calma, suspiro. Directo al centro, en vez de paso un salto corto… “esta mañana tuvimos más tiempo”… un paso atrás, el ventarrón y el efecto doppler en la bocina estridente.

      Yo no sé más. Lo sosegado parece no dar resultados. Algunos aman la vida, otros sólo se dan cuenta que los zapatos no quedaron bien atados. Mañana si usará corbata.


35. El Beneplácito De Ser Bueno


Mario Tabares, abogado de renombre y retirado, cantaba en las mañanas boleros con un buen acento paisa, que a pesar de los años, aún no mostraba la mácula del páramo. La corbata siempre corta y el pantalón largo, tenía cara de viejo y cuerpo de niño, desde que era niño. Ave María, es que eso si es mucha vida en esos ojos, decía su mamaíta en el corrillo del café a las 5 de la tarde.

     Histriónico, repartía una mueca exagerada y un Cómo te va viejo, seguido de un triste gesto construido a costumbre en las congregaciones de su iglesia. Para su esposa, una caricia y un beso en la sien signaban su amor de poso de café.

      En el colegio todos lo conocían por sus aviones de balso, icopor o cartulina,  por sus sanas costumbres del tinto en exceso y el cigarro en trenecito, como decían los niños. A nadie le molestaba el olor agrio del tabaco en su ropa, su afabilidad lo libraba de cualquier exclusión. Sin embargo, muchos sabían que alguna influencia tenían en el trato sus relaciones estrechas con los directivos y los miembros de La Obra; sí, él también era de La Obra. Su calidad de Numerario lo privilegiaba con ocho horas laborales, dos destinadas a manufacturar un avioncito para lanzar de la colina a la cancha de fútbol y seis repartidas en misa, fumar, café, oración, café, fumar, hablar. Frecuentemente, sólo fumar, tinto y hablar. Era preceptor de buen sueldo.

      La figura, en desuso hace más de cien años, la instauró el colegio para dar trabajo a fracasados y pensionados que se aburrían mucho en la soledad de las esposas sin hijos. Tabares era uno de ellos, orgulloso consejero de la generación del futuro. Beneficiario del principio de caridad, la vida se le iba en te masturbas, cuántas veces, las cosas se hacen de cara a dios, el pecado, la culpa, la culpa, la culpa mientras alisaba el pantalón gris del estudiante a su lado, con la mano demasiado arriba para incomodidad del aconsejado.

      No importaba qué tanto o qué nada las corbatas se fueran hacia los lados, al cruzárselos por los pasillos, llamaba estudiantes para arreglarlas mientras halagaba el buen olor, el pelo en caída, la blancura de piel y preguntaba por tu tía cómo siguió, salúdame a monseñor y dile a tú mamá que Marielita le envía saludos, que los esperamos por el club para un tecitos y un jueguito de golf acercándose para percibir el aliento en la bufada, mientras deslizaba la mano por la corbata hasta el cinturón.

      Los niños no decían nada. El pecado original todavía no se multiplicaba en malicia indígena, y las suaves engañifas de Casanova traían un respaldo divino. Mario Tabares hizo aviones de balso, fumó, bebió café y manoseó dos promociones seguidas, recibiendo su buen sueldo puntual, jugando golf con los papás y tomando té con tías y monseñores, fielmente acompañado por Marielita y su poso de café. Dejemos claro que nunca se sobrepasó, todo son inocentes caricias cargadas de afecto, solía decir en su confesión con el Padre amigo y decirse a sí mismo en las noches de cilicio.


Doce. Esa tal L.


 Dejé de leer hace algún tiempo, un año creo. Cada vez que me siento en mi escritorio improvisado, con el libro en la mano, dispuesto a dar inicio al ejercicio enriquecedor de devorarme un BUEN LIBRO, siento algo parecido al desprecio arrancando la primera frase. Me esfuerzo por terminar siquiera la primera página pero desisto con rapidez. Veo con interés el ánimo y la constancia con que los demás escribientes de diarios, referencian, de una u otra forma, sus lecturas actuales. Debo confesar que algo de envidia me anega. Y como la envidia nunca es “sana” y el hipócrita, infortunadamente, no lo soporto, quiero leer los mismos libros, aludir a ellos con igual precisión, igual constancia y menor conocimiento. Pero, me es posible. Algo similar me ocurre con la música, los amigos, personajes, autores, pintores etcétera. Desde que empecé con mi inconstante diario (que es más devezencuandario), he querido escribir sobre una canción  que me trastorna. Me gustaría hacerlo con esa fluidez y cadencia con que el L.O.T.Ó.F.A.G.O lo logra, o ponerla de banda sonora para una de mis entradas, como de tan moda se ha puesto. Pero, me es imposible. No digo el nombre de la canción porque espero un día lograr una entrada poética, donde describa las sincopas existentes y las síncopes que me producen. Mientras tanto, el sinsabor más grande y la envidia que más me corroe, es no conocer a esa L., para escribir de ella con la misma nostalgia con la que la mayoría le escriben. Releo todo lo anterior y no entiendo porque arranqué hablando de mi desinterés lector. Aunque pensándolo bien, supongo fue un rezago inconsciente de nostalgia.