Cliché, de nuevo.


Llevo rato tecleando infructuosamente, creo que hoy se cumple una semana de eso. La frustración se hace talante, movimiento constante hacia fuera y sé que pronto terminará en una quietud preocupante. Vila-Matas habla del Mal de Montano, de la imposibilidad de poner siquiera un palabra, de la angustia del cursor palpitante, de los dedos estáticos sobre el teclado. Con plena consciencia de mi insignificancia, me reconozco en ése que quiso escribir la historia de los escritores olvidados.

Suelo sentarme al borde de mi cama y llorar porque extraño a alguien, o quizás sólo sea la necesidad humana de hacerse el importante frente a uno mismo cuando no se tiene más. Me explico: uno se sienta, llora y mira el piso, no porque haya siempre una ausencia, sino porque queremos volver al fondo para buscarnos, tomarnos fuerte de los pies y traernos de vuelta. Luego, uno escribe, mal o bien, pero escribe; escribe porque ya está aquí y puede ver y oír lo que luego serán palabras.

Suelo sentarme al borde de mi cama y llorar porque he estado buscándome y hace semanas no encuentro los pies para traerme hacia este lado. Entonces, el piso se hace rugoso y movedizo, las paredes se alejan de mí tanto, que me veo en medio de un espacio luminoso y solitario donde sólo están mis manos sobre mis rodillas. Luego, no hay palabras, no hay nada.

El gato suele regodearse sobre mis hojas limpias. Lo miro, y algo parecido a la ternura se hace sonrisa.


La sonrisa del gato


Quisiera decir que hay algo más allá de todo esto que me abruma de momentos, pero no. El pasado siempre vuelve disfrazado, se pone máscaras, pero sigue siendo falso e indispensable. El mundo no para de irse abajo como una montaña que se hace de agua sin que podamos anticipar su liquidez. Sin embargo oteamos el horizonte, que en este caso no es futuro, sino ansías de recuperar lo que creímos, lo que amamos, lo que guardamos en el cajón cercano para verlo cada vez que la oscuridad lo amerite y ver un destello siquiera.

Antes dije que lo trascendental me había hastiado. Después, pensándolo bien, supe que uno no abandona aquello que lo atraviesa, que no se escapa de nada que sea realmente importante. El problema es necesitar, necesitar en serio, saber que todo tarde o temprano se perdona, que los dolores se hacen recuerdo y que el recuerdo solo admite una sonrisa, una palmada en la espalda y un No Importa, frío e impersonal.

Mi tristeza sigue siendo un gato, un gato que entretengo con ovillos de palabras, al que no miro cuando está encendido el televisor o la consola de videojuegos, cuando tomo un café o una mujer suda bajo mi cuerpo. Pero cuando todo ha quedado en silencio, cuando los ruidos, los botones y los jadeos vuelven al abismo que les es propio, el gato viene, rasguña mis piernas, me mira y veo, creo ver porque no es posible, que me sonríe y maúlla. Lo tomo entre mis brazos, con la plena certeza que es hora de dedicarle tiempo. Agradezco su condición felina, pues no soportaría verlo saltar batiendo la cola, exigiendo una salida al parque o un jugueteo cuando la noche es pesada y no tengo ganas de vivir, corazón.

Lamento decepcionarme.


Mudanza


Hoy es otro día igual de confuso al de ayer. He pensado que es hora de tomar decisiones, mover un poco los muebles y colgar los cuadros viejos en un lugar donde pegue menos la luz. Sería estúpido decir que para dar espacio a los nuevos,  pues no hay ninguno que merezca exhibirse en mi cuarto cada vez más oscuro.

He intentado aprender cosas nuevas. Aprender de los errores, atendiendo al cliché. Para pulir las aristas, es necesario meterse dentro del cubo.  Convencerse de los pasos vacíos y de los rebosantes. Me encanta esta asquerosa embriaguez de superficialidades. Adiós a lo trascendental.


Por si un día faltan, he de guardar caídas


Ha pasado mucho tiempo desde que esto empezó. Al principio, me enredé en disertaciones filosóficas sin ningún tipo de éxito, como suele ser todo lo que intento. Después, fue tanta la tristeza, la soledad y la nostalgia, que seguí escribiéndole a Ella, a los cigarros y al sitio de siempre con sus meseras de siempre y sus preguntas de siempre. Hoy, ya no he vuelto por allá, pero sigo sentado tomando café, variando las mesas, las caras y las sonrisas corteses. Las voces quejumbrosas cada vez son menos, aunque en general, las cosas no mejoren y el declive sea constante. Las personas felices, no son conscientes de la caída… Kafka otra vez, y sus ruedas y sus carros, su cábala y su Dios redentor en que supondría no creyó.

No recuerdo bien cómo era la tristeza; mejor, no recuerdo bien cómo era la sombra de mí, con la que nunca fui capaz de medirme a golpes y me llevó a terminar acurrucado al rincón de un cuarto sin ventanas. Limpiando libros del olor acre que era mi gato compitiendo por el poder de mi casa sin nadie. Ya no fumo en mi cuarto y el olor a orín de gato se fue con él, cuando no fui capaz de meármele encima y desistí de sus servicios de espantapájaros de ratas.

Sigo solo. Ya no me siento al borde de nada a llorar a nadie. Y hoy, como ayer y antier: leí y fumé.

Hoy hubo sol y anocheció tarde. A las 3 de la tarde, salí de una reunión a la que llegué a las 3 de la tarde. Recordé, que en otros tiempos, habría llamado a muchas personas sólo para escuchar la negativa, tener certeza y no quedarme con la zozobra de que los demás hicieron algo sin mí, mientras me consumía el tedio.

Al parecer, ya no me asusta tanto la ausencia, el vacío. Cada vez entiendo más el carácter magnánimo y dadivoso de un cigarro sostenido entre los labios; el sucedáneo de un dios en el que supongo no creo, pero le temo… sólo por si acaso.


Las mujeres huelen, a los que sus hijos quieren


Algo de tu olor sobrevive en mi cuerpo. Como el del humo y la carne de una fogata extinta, que flota sobre un espacio vaciado de gente y ceniza ya hace mucho. Tu olor no es el de brasas ardientes ni el de la carne sonrosada en el centro. Tampoco el de rostros embarullados en el frenesí que ha sido siempre el ritual de la sangre. En este recuerdo, no hay perros lastimeros ni mendicantes, nadie come las sobras de los dos que han caído de la cama.

Sentada al borde de las sábanas azules, dejas que tu blusa medite vuelta al revés y asida a tus muñecas. El fuego ha cesado su crepitar, la culpa crece desde los pies descalzos y alcanza el pelo enmarañado, pero sigues ahí mirando el sol que cae por la ventana que no tengo. “Es tarde” me dices, pero sigues mirando la noche plena a través del muro sin ventana.

“Es tarde” te digo “me voy a bañar huelo a pederasta”.


Hace tanto no pensaba en ti


Hoy entendí que sigues estando. Sólo que ahora entiendo menos por qué o para qué. El hombre parado bajo la ventana de tu niñez, sigue por las calles sin la protección de tus miedos. Espera al otro lado de la pared con los labios pegados a una toma de corriente, ansioso de que esta noche sí haya paranoia y tu oído se cerciore del silencio, los ataques o del silencio otra vez.

Extraño que nadie supiera tu nombre, que pensaras en tu papá y te abrazaras a mí, llorarte entre tus piernas mientras creía que te poseía como a reino nuevo que merece una bandera expectante, saber que te ibas y volvías, y te volvías a ir para un día decir que querías regresar, ahora sí del todo y para siempre. Pero no pude.

No fue por la soledad de los dos que ahora era imposible, ni porque de las tristezas sólo duela en verdad la primera, ni porque te odiara menos a pesar del amor, ni porque la soledad se me haya poblado de pensamientos que ya no eran tú, siempre tú, amor mío. De todo, el no hedía ahora a certeza: mis sueños siempre los vive otro. Ya no era suficiente aferrarme a mis sudores, esperar bajo la ventana tu bendición con ángeles y Marías, ya no eras suficiente para el camino a casa, ya no quería verme realizado en un desconocido al que no se acopla mi espalda.

Pero te extraño, como la libélula que se golpea contra la ventana.


Precediendo en el tormento o un poco de los Hechos


He estado alejado no sólo de los blogs sino de la escritura en general. Aun cuando todo se torne en una continua excusa que refuerza la falta de ímpetu, tino o fluidez, debo decir que cada vez escribir en este espacio o en cualquier parte, toma un carácter más insípido, e inútil. Por momentos me sirve Nietzsche y me aboco a la escritura frenética de dos o tres relatos que no terminan de dejar convencidos a ninguno de mis pocos lectores. Siempre escucho que el tiempo que no escribes es para leer obsesivamente. Creo que eso se aplica en Escritores de verdad, para los amateurs todo momento de sequía, siempre es motivo de una angustia proporcional a la falta de palabras.

Los interludios donde las palabras faltan son precedidos por decepciones o frustraciones. Se escucha seguido que los bajones anímicos son más productivos para la imaginación, que lo que hagas tendrá más vísceras, más corazón. Lo cierto es, al menos para mí, que momentos de la adolescencia son propicios para el dolo de todo (piensen en Andrés Caicedo), para ser trascendentales en medio del auto engaño necesario para oponerse al bienestar familiar.

Pero cuando el inútil ejercicio del escritor (con minúscula) tiene un rasgo de mayor importancia, cuando se le ve como el medio ideal de subsistencia, las tristezas que ofrece el mundo, no siempre son cepas de genialidad sino lastres que ralentizan o pozos que estancan. Hay necesidad de estabilidad. Se requiere el tiempo para sentarse y teclear un rato, así nada sirva. También una actividad que ofrezca resultados, ya sean tangibles o monetarios, para espantar del lado la sensación de inutilidad. Una mujer (hombre, perro, oveja, dependiendo género y preferencias) que embeba de entusiasmo las levantadas y sea dispersión.

Será el mismo caso de cuando Kafka ansiaba ser carpintero antes que escritor. Necesitaba lo tangible sobre eso que le representaba tanto, pero devolvía tan poco. La técnica sobre la tecné. La mesa está como muestra de la uña y su golpe, cumple una función práctica; la hoja no es muestra de la imaginación y su esfuerzo; del mismo modo que soporta mis palabras, soporta una lista de mercado, un rayón infantil.

Quería escribir sobre un libro que estoy leyendo, recomendárselos para que lo hojearan sin grandes expectativas, no porque le falte carne sino porque es la vida de otro gran escritor. La lectura de biografías, me recuerda mucho a Sabato cuando dice aquello de aprender de los grandes que te precedieron en el tormento… ahora, cuando volvía a casa de mis clases matutinas (era profesor) y me quitaba el traje nuevo para ponerme la ropa vieja de escribir, la primera vaharada de sopa de tomate Campbell que ponía a calentar en la cocina de mi pequeño piso de Chicago  seguía evocando en mí la expectación de algo inminente, de una consumación casera y reconfortante, vehiculando algo que desde hacía no mucho había aprendido a calificar de “estremecimiento proustiano”.